Binominal a la baja

Viernes, Junio 7th, 2013

La regla electoral binominal está siendo supera ahí donde más le duele. El sistema político chileno transita desde los acuerdos ex ante a los acuerdos ex post.

Publicada en Qué Pasa el 06 de Junio de 2013

La regla electoral  binominal logró moldear un sistema político a su imagen y semejanza. Y aun cuando el mecanismo nunca rompió del todo con la existencia de tres tercios políticos ni con la diversidad de partidos en la que éstos se expresaron, su operación en el marco de una transición pactada lo convirtió en el principal eje ordenador de la política desde el retorno a la democracia.

Pero la irrupción progresiva de fuerzas electorales que se ubican fuera de los dos conglomerados principales, junto a la pérdida de representación relativa de estas últimas, ha ido minando la efectividad de este ícono de la transición, al punto que hoy se suma a su descrédito político la pérdida de su efecto inhibidor de proyectos que nacen y se mantienen fuera de su intención principal: la formación de acuerdos políticos preelectorales.

No obstante el escaso éxito de las apuestas parlamentarias extracoalición, esta tendencia está lejos de verse en retirada. Esta semana, por ejemplo, dos fuerzas nacidas al alero del movimiento estudiantil -Izquierda Autónoma y Revolución Democrática- han delineado su estrategia para llegar al Parlamento, sumándose así a otras figuras del mismo útero que, aunque de manera más institucional y en base a un acuerdo político-electoral del PC con la Concertación, enfrentan un desafío similar. Con esto, el espacio que abandonó el PC  -un outsider eterno del sistema de coaliciones preelectorales- con su incorporación a un pacto con la Concertación no demoró en ser llenado por quienes se niegan a entrar en el fórceps binominal.

Los proyectos de este tipo no son nuevos, pero una serie de cambios en el país en el último tiempo han contribuido a equiparar las fuerzas de actores que antes caían fácilmente en la irrelevancia por la baja chance de poner realmente en jaque las tendencias hegemónicas de la transición. Es más, la llegada de la derecha al gobierno terminó por sepultar el chantaje eterno que pendía sobre los díscolos en orden a ser artífices de facilitar o arriesgar un doblaje, según fuera el caso.

Le guste o no a la generación del pacto permanente, hoy estamos frente a una total despenalización de los proyectos alternativos y todo apunta a que los acuerdos de gobernabilidad se comenzarán a tomar después de las elecciones y no antes, como sucede hoy. Ahora bien, no obstante este escenario más amistoso, las candidaturas catapultadas por los movimientos sociales deben enfrentar su propia transición al dejar el calor de las causas justas para saltar a la arena donde campea la medida de lo posible.

Los movimientos sociales no viven de las definiciones excluyentes. Su tarea no es procesar las tensiones políticas y convertirlas en decisiones ejecutivas o legislativas sino impactar en la escala de valores y en las prioridades de la opinión pública, por lo que sus líderes no acostumbran jugar con el público en contra.

Por ahora, sin embargo, la suma da más que la resta. La irrupción de una generación lanzada a la arena política por su participación en movimientos sociales devuelve a un cierto cauce natural la renovación de elencos en la política que, de tanto negociar cupos y cargos, se había acostumbrado a llenar las vacantes siguiendo un estricto protocolo clientelar. El cambio en esta predictibilidad del sistema político le impone un nuevo desafío a nuestra arquitectura institucional. El gallito recién

Una nueva minoría

Lunes, Mayo 27th, 2013

Bachelet lideraría una nueva mayoría y tan importante como los partidos y fuerzas organizadas eran las figuras de la periferia concertacionista. Pero a poco andar, la nueva mayoría se comenzó a desgranar, el poder de veto de las diversas minorías comenzó a crecer y la ofrenda construida con dedicación para entregar a la amada líder se desvaneció en el aire.

Publicada en qué pasa el 24 / 05 / 2013

En algún punto de la historia, entre los guiños de Bachelet y el momento en que accedió a ponerse formalmente el traje de candidata, comenzó una competencia por ofrendarle una recepción a la altura. Para preparar el terreno y fieles a los traumas de la transición, los partidos comenzaron por el orden: quienes estuvieran para recibirla debían ser ante todo un ejército disciplinado y obediente.

Aquí comenzó el calvario de la DC, que con una mitad del partido obstinado en llevar un candidato propio, no calzó en la idea de orden impuesta por la comisión de pórtico. Así, el primer giro abrupto tras la irrupción de Bachelet fue el abandono de la falange del puesto de mejor compañero del socialismo y el ingreso –sin solución de continuidad- del PPD al cuadro de honor.

Para hacerse cargo de la relación inversa entre la popularidad de la ex mandataria y la de los partidos, se ideó una puesta en escena que prescindiera de ellos y que –con contadas excepciones- privilegiaría la exhibición de la candidata siguiendo el modelo inaugurado por Lavín: actuar como si los partidos y sus rostros iconográficos tuvieran tiña.

Finalmente, la escenografía de la bienvenida debía integrar de forma armónica las críticas más pertinaces a la Concertación y sus prácticas. Las formas, el lenguaje y las personas del nuevo escenario deberían dar cabida a toda la participación, toda la renovación y a toda la conexión ciudadana que en el pasado el conglomerado había extraviado en algún lugar entre la concentración callejera y los salones de “casa piedra”.

Bachelet lideraría una nueva mayoría y tan importante como los partidos y fuerzas organizadas históricamente críticas a la Concertación, eran las figuras de la periferia concertacionista. Esa masa de subjetividades exacerbadas para quiénes el conglomerado del arcoíris era un mal menor, un cáliz del cual bebían sólo después de haber votado por un testimonio y como freno a la derecha golpista, huasa y simplona.

Todos juntos: la los hijos críticos; los luchadores marginales; los que alguna vez habían dejado el hogar por diferencias de forma o fondo; los que en secreto votaron por la derecha -porque era más de lo mismo o por el arcaísmo de agudizar las contradicciones-. Los que nunca votaron por la Concertación en primera vuelta y jamás defendieron lo que no les gustaba de ella; los que si lo hicieron y no pudieron sostenerlo; los autocomplacientes junto a los autoflagelantes tempranos, los tardíos y los eventuales.

Los partidos asumieron el costo de generar las condiciones para que este delirio fuera posible, pero lo hicieron a su manera y dentro de sus propios límites: asumiendo que todos los involucrados evitarían en conflicto en pos de un hipotético objetivo mayor. Finalmente la presión rompió el saco y en ambos extremos hubo heridos.

Escalona, el emblema del orden, sucumbió ante la premisa del “todo por ella” que el mismo había ayudado a instalar. Al otro lado, Javiera Parada, símbolo de la generación de las subjetividades, dejó el comando criticando la miopía de los carcamales que no caían rendidos ante la lozanía y clarividencia de la generación revolucionaria y democrática destinada a sucederlos. La nueva mayoría se comenzó a desgranar, el poder de veto de las diversas minorías comenzó a crecer y la ofrenda construida con dedicación para entregar a la amada líder se desvaneció en el aire. Paradojalmente, tras el intento denodado por mantener el orden, los partidos crearon las condiciones propicias para premiar el desorden.

Retomar las banderas

Martes, Abril 23rd, 2013

Uno de los resabios de la transición más difíciles de remover ha sido la tendencia a la desdiferenciación de los actores políticos locales. Esa suerte de consenso tácito en el que los bordes de la cancha en la que se jugaba la política de cada día estaban previamente definidos y en que la tecnocracia actuaba como árbitro.

Publicada en La Segunda el 23/04/2013

Al ungir a la nueva titular de Educación, el Presidente Piñera señalo que su gobierno no cree en el monopolio estatal de la enseñanza y que el beneficio de los privados en el rubro es legítimo si va acompañado de calidad en la entrega. Y aunque no se trata de principios sorprendentes, tratándose de un gobierno de centroderecha, las declaraciones del primer mandatario marcan un giro en los que fue la política de defensa del destituido Ministro Beyer, centrada en su calidad técnica, moral y académica y en la afirmación constante de su señero y distintivo aporte –comparativamente hablando- para el combate del lucro no obstante sus limitadas atribuciones institucionales.

Es decir, mientras la defensa del ex Ministro se fundó en aceptar la premisa impuesta por el movimiento estudiantil respecto a que el lucro era el enemigo y la gratuidad la meta, para lo que queda de mandato el Gobierno coquetea con un combate ideológico y frontal de dicha agenda. Si sumamos esta intervención presidencial a la fila de declaraciones de guerra, más o menos pintorescas, que han salido a flote por estos días en los partidos y en su propio gabinete, podemos esbozar un cuadro en el que la ideología y el establecimiento de las diferencias de cada sector pasó de ser un dato incómodo a un eje fundante del despliegue político para el año electoral. Si este estado de las cosas no se desvanece en el aire, estaríamos en presencia de algo importante.

Y es que uno de los resabios de la transición más difíciles de remover ha sido la tendencia a la desdiferenciación de los actores políticos locales. Esa suerte de consenso tácito en el que los bordes de la cancha en la que se jugaba la política de cada día estaban previamente definidos y eran muy escasamente cuestionados. Un partido en que la tecnocracia actuaba como árbitro, cuestión que permitía detener las acciones cada vez que algún jugador se pasaba de revoluciones o que un entusiasta del público ingresaba al campo de juego.

Los efectos de la obsolescencia de ese consenso no solo han afectado a la derecha, su gobierno y sus candidatos. Algo de esa medicina probó también Bachelet tras su arribo al país cuando, siguiendo la ruta trazada por sus escuderos de comenzar desde el día uno con la contención de expectativas y montada en el piloto automático de las verdades previas al nuevo ciclo político, señaló que la gratuidad en la educación bajo algunos supuestos era injusta… Poco menos de 24 horas duró en pie dicha afirmación.

Y es que, como bien señalan teóricos como Castells, actuamos bajo ciertos consensos institucionales hasta que éstos pierden vigencia y comienza a ganar terreno la idea de que otro orden es posible. Esta es precisamente la tarea de los movimientos sociales que tan bien grafica en nuestro caso la demanda estudiantil por el fin al lucro. Pero tras irrumpir en la escala valórica de la sociedad, la tarea de traducir el conflicto en nuevas reglas es una función eminentemente política. De ahí que la renuncia automática a ello resulte tan gravosa para quiénes insisten en ser los cancerberos del status quo como para quiénes se conforman con ser el megáfono de las demandas sociales.

Poco se saca con llorar sobre la leche derramada. La tarea política de este nuevo ciclo corresponde a quiénes sean capaces de construir, en base a la diferencia, nuevas alternativas para procesar el conflicto. Y en esto, la política del terror de Carlos Larraín y su llamado a defender los fundos es tan contraproducente como la mera monserga panfletaria del cambio por el cambio y el borrón y cuenta nueva.

Incertidumbre en tierra derecha

Viernes, Abril 19th, 2013

El arribo de Bachelet no ha amainado la sensación de invulnerabilidad y el Gobierno parece más preocupado de un eventual retorno de Sebastián Piñera en 2018. Publicada en Qué Pasa el 19 / 04 / 2013

La agenda política continúa “tomada” por los efectos del arribo de Bachelet. Su persistente liderazgo comunicacional, sumado al hasta ahora incontrarrestable buen rendimiento de su opción presidencial en las encuestas, tienen a nuestra clase política sumida en la bipolaridad. Con honrosas excepciones, la mayoría de los actores políticos hoy se prueban o desechan –según sea el caso- la banda presidencial.

Y mientras esta bipolaridad se expresa en un inusitado orden en las filas opositoras, dónde la única duda es cómo y cuándo convergen los distintos proyectos y pre candidaturas, en el oficialismo la situación parece ser algo más compleja. Aun cuando, como es previsible, existen distintas aproximaciones respecto del futuro electoral del sector, en la centroderecha no asoma nadie aún que hable de la posibilidad de un triunfo. Los más optimistas hablan de una elección competitiva, mientras que los pesimistas sólo atinan a hacer llamados de alarma para salvar los muebles ante la catástrofe que se avecina.

Contrario a lo que se anunciaba hace algunos meses, el arribo de Bachelet no ha amainado la sensación de invulnerabilidad que había hasta antes de su llegada y la internalización de una derrota en el oficialismo ya se está haciendo sentir: el Gobierno parece más preocupado de un eventual retorno de Sebastián Piñera en 2018, mientras que los candidatos del sector han corrido suertes dispares pero con rendimientos igualmente insatisfactorios si se los evalúa en un contexto político electoral mayor.

Empatado o no, Allamand ha mostrado un segundo aire que lo mantiene con sensación al alza, sin embargo, por la baja adhesión total de ambos candidatos, este rendimiento no ayuda a contrarrestar la sensación de orfandad de candidatura que habita al sector. Peor aún, el relativo buen rendimiento de la carta de RN sigue estando más ligado al mal desempeño de su contendor que a un descollante despliegue propio.

Por otra parte, como sucedía en vísperas de su ratificación como candidato UDI, Golborne ha despertado nuevamente las aprehensiones de un no despreciable grupo en el gremialismo. Sus principales atributos: competitividad y popularidad –que se usaron como fundamento de su opción en desmedro de otras figuras del partido- están hoy en entredicho, más que por las cifras en las encuestas, por el pobre rendimiento obtenido en las apariciones públicas del candidato en los últimos meses. Al otrora campeón de la sonrisa se le ve falto de chispa, fuera de tono y lo que es peor –al menos para la TV- calzando una camisa francamente incómoda en lo relativo a sus posturas y convicciones.

Así las cosas, con una derecha históricamente reacia a convivir con la incertidumbre, es razonable comenzar a especular con la apertura de una nueva temporada de caza. Mal que mal, en muy pocos meses en el oficialismo se han cambiado sucesivamente las consignas, pasando de la necesidad de elegir al mejor candidato para competir con Bachelet, luego al mejor candidato para no perder el Congreso y hoy a la simple necesidad de tener un candidato. Con este ritmo de declive, es cuestión de tiempo para que alguien se asome a decir “hablemos en marzo”… Pero de 2017.

Calor de mamá

Jueves, Abril 18th, 2013

Publicada en El Mostrador el 18/04/2013

Cambia, todo cambia… A poco de haber asumido la derecha el gobierno en 2010 recuerdo haber tenido la ocasión de conversar con un histórico dirigente concertacionista quién me señaló que, tras el alejamiento del poder y del Estado, su humanidad “ya comenzaba a sentir el frío”. Y tras veinte años al mando del gobierno y del aparato estatal no eran pocos los que entonces comenzaban a vivir un largo invierno.

Los primeros meses de 2010 fueron el inicio de un período en el que reinó la incertidumbre, la perplejidad. Muchos se debatieron entre la reinvención o el trazado de alguna ruta de resistencia, fuera ésta la vocería autonominada de los movimientos sociales y las deudas de la transición o el laborioso esfuerzo por mantener la estantería del conglomerado que ahora comenzaba su travesía fuera del poder. Era la parte más cruda del desalojo que –se quiera o no- fue un móvil poderoso para una fracción del electorado que por primera vez desde el fin de la dictadura le daba la espalda a la alianza política del arcoíris.

La Concertación que llegó a las elecciones del 2009 estaba herida de muerte. Sin ir más lejos, tres de los candidatos que compitieron en esa oportunidad provenían de escisiones de su propio cuerpo y el candidato oficial que corrió con sus timbres despertaba muy poca adhesión y muy pocas pasiones.

Para entonces, el consenso ambiente apuntaba a que, ya lejos del poder, lo que venía era la total desintegración de un bloque que ya no compartía ni un diagnóstico político ni un propósito común. Y curiosamente, los más entusiastas sepultureros del conglomerado no estaban en la vereda política del frente sino entre los propios cortesanos del reino concertacionista.

Cuánto ha cambiado el panorama desde entonces. A tres años de la retirada, una candidata de la hoy oposición no solo es la favorita indiscutida para llevar a esa coalición de vuelta a La Moneda, sino que su sola presencia ha devenido en mayoría en ambas cámaras del Congreso y el ambiente político completo se ha acostumbrado a bailar al ritmo de sus declaraciones, sus silencios y sus gestos.

Así las cosas, la idea del triunfo ha logrado que el frío de la lejanía del poder mute en calor, que los diagnósticos rupturistas den paso a proclamaciones y que la música de Michelle haya encontrado una variopinta lista de intérpretes que, con más ganas que talento, han salido al escenario a cantar y bailar, poniendo de su propia cosecha a un ritmo contagioso y alegre que por estos días lo llena todo.

Si hasta el filo concertacionismo europeísta, desenfadado, crítico y contracultural del The Clinic, la Yein Fonda y el Liguria enarbola hoy pompones bacheletistas. Junto a ellos, la facción más crítica de la Concertación, que vociferaba sobre el viraje a la izquierda, que dividió listas para poder representar nítidamente la voz de la calle sin contaminarse del halo transaccional de sus socios-competidores, hoy afila los codos para salir en la foto.

Todos están con ella y a través de eso, están con ellos mismos. Para todos, Michelle representa lo que ellos siempre dijeron: para algunos moderación, para otros cambio. Para algunos Concertación, para otros nueva mayoría. Ella viene con crecimiento, redistribución, reforma laboral, tributaria, política y cultural. Ella habla como Tohá, desconfía como Escalona, actúa como Girardi y siente como Patricio Fernández. Ella porta todas las banderas y su programa es todos los programas ¿será esto posible? Qué importa, en circunstancias como las actuales tal parece que la única tarea nacional patriótica es volver a sentir el calor y abrigo del aparato del poder.

Esas incómodas primarias

Miércoles, Abril 3rd, 2013

Por la escasa profundidad habitual del debate político, las primarias terminaron convirtiéndose en la bala de plata para lograr mayor democratización e inclusión política. Ahora, negarse a ellas es casi sacrílego y al invocarlas se espera mucho más de lo que éstas, por sí solas, son capaces de conseguir. Y si bien los beneficios de dirimir cupos con mecanismos abiertos y participativos resultan evidentes, la incomodidad del sistema político para adaptarse a esta realidad se hace cada día más patente.

Así, de derecha a izquierda hoy surgen voces con diagnósticos alambicados que concluyen en la necesidad de evaluar si son o no necesarias las primarias en el actual estado de las cosas. Algunos son argumentos meramente formales, del tipo “la ley no es muy clara”; otros utilitarios, del tipo “no nos convienen” y también los hay climáticos, como que la confrontación tensiona los ánimos de forma “artificial”.

En la derecha fue Longueira quien detonó los cuestionamientos al mecanismo en lo que toca a la definición presidencial (más como desafío que como análisis), mientras que Carlos Larraín ha hecho lo propio en lo que respecta a las primarias parlamentarias, relativizando la negociación de su partido con Evópoli para permitir que independientes compitan por cupos RN.

En la Concertación, en tanto, la principal afectada por el escenario actual es la Democracia Cristiana, que hoy está partida en dos. Tal como lo graficó la reciente elección directiva, en el partido conviven dos grupos casi equivalentes con una aproximación opuesta a la coyuntura de primaria presidencial y definición parlamentaria.

Para una parte de la DC, la opción de concursar en primaria con un candidato propio ha significado una sola cosa: perder un aliado clave. En efecto, para esta porción del partido, la aventura presidencial de Orrego los está obligando a dejar de lado la alianza privilegiada con el socialismo que en el pasado les diera tan buenos resultados electorales. Para esta facción del PDC el orgullo de levantar una opción presidencial no compensa la pérdida de la fortaleza que les prodigaba el entendimiento con el PS y los obliga además -al menos en el papel- a enfrentar a compañeros de lista que correrán sin complejos con la foto de Bachelet mientras ellos deberán buscar fórmulas ingeniosas para incluirla en sus campañas sin desairar por completo a su abanderado propio.

Así, mientras los partidos que tienen un abanderado presidencial común (PS, PPD y PC) dirimen sus chances parlamentarias bajo la antigua usanza de la negociación política, los candidatos de la DC aún no saben si su esfuerzo por ser nominados en sus respectivos cupos asegura el compromiso del partido para con su éxito final o si, por el contrario, serán entregados luego en una eventual negociación de último minuto.

Porque, aunque no suene muy presentable para el gran público, la política es un deporte en el que la mayoría de los contendores se ha acostumbrado a saber el resultado del partido mucho antes de entrar a la cancha. Y ése es un derecho al que no renunciarán de buena gana.

Coronel en retiro

Sábado, Febrero 2nd, 2013

Desde el inicio de la administración Piñera, las acciones de Jovino Novoa siguieron un único y estratégico derrotero: evitar a toda costa que el partido del presidente, RN, transformara el gobierno en un vehículo para pasar por encima a la UDI. Cumplido el objetivo, el más duro de los coroneles UDI comienza a cerrar por fuera la puerta de una historia que, hasta ahora, sólo supo de expansión.

Desde sus inicios, el partido de Jaime Guzmán se vistió de convicciones y de cierta épica fundacional, y tras la muerte de su líder quienes quedaron en la primera línea del partido mantuvieron ese impulso hasta transformar a la UDI en el partido más grande del país y en el administrador indiscutido del legado político y económico de la dictadura. Y aunque la hegemonía de la UDI pareció tambalear ante la llegada al poder de la única figura que fue capaz de soportar y contravenir su fuerza en el sector, la política de fuego amigo desplegada desde los primeros días del gobierno logró contener la amenaza.

Desde entonces, el guión con que actúa el gremialismo está teñido de líneas de defensa: de los suyos; de supuestos principios amargamente traicionados por la vacuidad de advenedizos del poder que no han hecho más que aprovechar una plataforma que a los sacrificados hombres de bien les llevó años construir; de una cierta superioridad competitiva derivada de una mayor disciplina organizativa y cierta verticalidad marcial y, por qué no decirlo, defensa de ciertos privilegios que consideran propios en tanto impulsores del modelo que les da sustento.

Sin ir más lejos, el autoflagelante Novoa declina la opción de competir en la circunscripción que Guzmán conquistó luchando contra las mejores cartas de la Concertación. Es cierto que esta historia se puede contar de dos maneras. Una, la que hoy esgrime don Jovino, es decir, que tras varios años manteniéndola ya es hora de que entren otros. La otra, menos épica por cierto, es negar el placer que sienten varios ante la posibilidad de ver rodar la cabeza de un tótem en la hora del declive de la era de los coroneles.

Porque aunque Novoa está en su derecho de identificar al piñerismo como la suma de todos los males del sector, hay quienes aún esperan que, con la misma capacidad crítica, el senador salga a decir algo respecto a las razones por las que hoy el partido de los “cruzados” del modelo declina llevar a uno de los suyos a la contienda presidencial y evalúa hacer lo propio en algunas circunscripciones senatoriales amenazadas.

Así como la generación MAPU en la Concertación declinó cerrar su ciclo compitiendo con uno de los suyos en cancha y optaron por asegurar una jubilación tranquila y programada, los coroneles de la UDI, otrora famosos por su bravía, parecen estar acomodando sus puestos en una mullida sala de comando y no en la ingrata e incómoda polvareda de los puestos de combate. Las voces que hasta hoy buscan en Longueira un impulso salvador que les devuelva el alma al cuerpo, parecen no conformarse con el ordenado final que propone Novoa para su era.

Allamand contra el tiempo

Viernes, Noviembre 16th, 2012

Si la apuesta del candidato de RN es ganar la primaria de la Alianza, deberá moverse del eje que le permitió avanzar hasta aquí y seguir arriesgando más que su adversario, con miras a obtener victorias materiales y concretas.

Publicada en Qué Pasa el 16-11-2012

La primera estación de la carrera por la nominación en la derecha ya está corrida, y en ella Andrés Allamand logró aprovechar las circunstancias para obtener algo que hasta poco antes parecía improbable: erigirse como un candidato viable e instalar la necesidad de realizar primarias. Pero éste es un éxito que ya es historia y a partir de él se abren nuevos desafíos, en los que el ex ministro de Defensa nuevamente corre contra el tiempo y la corriente.
Porque aunque a nivel de sensación térmica el precandidato de RN logró parearse con su contendor, en los hechos las ventajas de Laurence Golborne aún se mantienen intactas: mayor popularidad y el soporte de un partido más organizado, más robusto a nivel parlamentario y hoy más influyente también en el gobierno. Y frente a esto, el solo envión del primer triunfo no basta.
En lo que resta del año, Allamand deberá conseguir varios objetivos: evitar la dispersión en sus filas, donde los candidatos de RN al Parlamento presionarán por una definición rápida, que les ayude a vincularse a la carta más popular; acortar la brecha en popularidad que permitiría contener en parte estas presiones y consolidar la primaria como un hecho cierto y, por último, lograr avanzar posiciones en lo que hoy es la base de apoyo de Golborne, y que en el papel es mayor que la que lo sustenta a él.
Cabe recordar que en esta materia las experiencias anteriores no son auspiciosas. En 2005 el control partidario del matrimonio Alvear-Martínez en la DC no bastó para contener la presión de los candidatos para correr lo antes posible con la foto de Bachelet y la primaria en la Concertación concluyó de manera anticipada, aunque menos indecorosa que la de Frei vs. Gómez.
Para la elección de 2009, en tanto, la arrolladora fuerza con la que irrumpió Enríquez-Ominami tampoco fue suficiente para que las bases concertacionistas rompieran el dique y se sumaran explícitamente a su opción.
En ambas historias hay lecciones para Allamand, porque Alvear usó frente a la popularidad de Bachelet el mismo argumento diferenciador que él utiliza hoy frente a Golborne: la trayectoria y seriedad. ME-O, por su parte, empalmó de forma natural con los polos más autoflagelantes del mundo concertacionista, y aunque en privado las críticas al candidato Frei eran lapidarias, y los piropos a la aventura del candidato retador hacían presagiar una estampida en su favor, en los hechos, poco o nada de ese mundo cruzó y cada día que pasaba sin sumar figuras gravitantes del eje tradicional, la pista para la opción del díscolo diputado se empinaba un poco más.
La historia es conocida. Alvear se bajó en favor de Bachelet y Marco llegó a la elección habiéndose estancado algunas semanas antes de ésta, sin haber convertido en votos ni la totalidad de la disidencia oficialista ni el deslumbramiento de ciertas zonas liberales de centro y centroderecha. Al final, a ninguno de los dos les alcanzó.
Así, si la apuesta de Allamand es ganar la primaria, deberá moverse del eje que le permitió avanzar hasta aquí y seguir arriesgando más que su adversario con miras a obtener victorias materiales y concretas.
Por lo pronto, a las tímidas voces en RN que ya han mostrado su predilección por Golborne no se les ha pareado nadie que haga lo mismo en sentido inverso. Y aunque es previsible que su emergencia como candidato retador le permita acortar las distancias con el sonriente ex ministro de OO.PP. en las encuestas, el discurso del candidato más confiable frente a las ideas del sector no cuajará en ventaja si no logra convencer a sus eventuales piroperos de poner el pecho a las balas y salir a abrazar su opción.
Las batallas políticas se libran en un plano simbólico, donde hasta ahora Allamand ha mostrado su experiencia, y  ha volcado las opciones a su favor, pero también se juegan en un tablero físico, con fichas y piezas que -al final de la partida- deben sumar más número y/o fuerza que las del adversario. Acá es donde al precandidato RN le resta aún por demostrar, y el tiempo no será más su aliado. El statu quo favorece a Golborne y es razonable pensar que en la UDI no tendrán una actitud muy comprensiva para los que se muevan en la foto.

Hombre frío, cerveza fría

Lunes, Octubre 29th, 2012

Para la derecha la apuesta por Golborne vale menos hoy que lo que valía ayer y  la fortaleza de Allamand es que sigue ahí. Lo que le valió criticas en su sector en los días previos, hoy emerge como una reserva de temple y fiabilidad, dos características que  estarán al alza en su sector… En La Moneda, el ímpetu por la sucesión deberá tomarse una pausa.

 

Luego de los resultados de las municipales a la derecha se le vino la noche. Y no cualquier noche, la noche de los cuchillos largos. En medio de la desazón de una derrota en toda la línea, todos los errores cometidos: la soberbia, el exitismo, la incontinencia de algunos personeros de gobierno, la división y el discolaje –que otrora fueron la lápida de la Concertación- emergen como el mal endémico del sector.

Ahora que prima la perplejidad y que existe la certeza que no hay golpe de efecto o ingenio que revierta el mal momento por el que atraviesa le oficialismo, las miradas de muchos se van hacia el único libro que no se derrumbó junto con el resto de la estantería. Porque antes, durante y después de las elecciones, tal vez la única voz ponderada del Gobierno fue la del Ministro de Defensa, Andrés Allamand y eso, que le valió criticas de algunos en su sector en los días previos, hoy emerge como una reserva de temple y fiabilidad, dos características que desde hoy estarán al alza en la derecha.

Una mirada algo frívola podría centrarse en el hecho que el Ministro de defensa no se contaminó con las pasadas elecciones y que por ello esquivó el costo directo de la derrota, pero en lo fundamental, la fortaleza de Allamand es más progresiva y por lo mismo más sólida. Su sector político está devastado y no hay en el horizonte nada que augure una elección competitiva a partir de los datos con los que se cuenta.

Por un lado, Golborne no es Bachelet, sino un sucedáneo de bajo vuelo y lleva bastante rato perdiendo sus activos como figura y ahora como endosador de popularidad. Como contrapartida, a partir de hoy comienza a ganar terreno la tesis que ha sostenido Allamand y su círculo, es decir, que la fuerza del sector está en sus ideas y que eso le permite sostener una opción y un proyecto, para encabezarlo si ganan y para defenderlo si pierden.

En suma, para la derecha y sobre todo para su eje de poder la apuesta por Golborne vale menos hoy que lo que valía ayer y en medio de ese escenario, la fortaleza de Allamand es que sigue ahí. Estaba ayer, estuvo hoy y estará mañana, algo de esa confiabilidad debería permear las conversaciones del sector. Primero en los pasillos, luego en los cafés y después en los partidos.

Agréguese a lo anterior que si bien entre los derrotados de esta elección están por cierto el gobierno y el oficialismo en general, también salió trasquilado el mito sobre la infalibilidad electoral de la UDI y su poderío en terreno. Muchas de las sorpresas y las derrotas emblemáticas de la pasada elección fueron a costa de municipios gremialistas y ahí, la dupla Allamand-Larraín también ha salido fortalecida.

Con todo, el gobierno y los partidos que lo sustentan deberán ocuparse de una cirugía mayor, por lo pronto para detener la hemorragia de expectativas que inundará todo a su paso, movilizar a sus huestes y lograr configurar una plantilla parlamentaria competitiva. Solo después de eso podrán retomar el ímpetu por la sucesión. Y a juzgar por lo visto hasta ahora, el tiempo también juega a favor de Allamand.

Camilo Superstar

Domingo, Septiembre 9th, 2012

¿Qué extraño fenómeno ha logrado que la misma actitud que convirtió a escalona en la suma de todos los miedos para una porción importante del establishment político y económico lo erija ahora como el ícono del estadista perdido?

Publicado en Qué Pasa el 07/09/2012

Desde los sótanos de la política ha emergido la nueva animita de la elite. En medio del bullicio de una ciudadanía vociferante, el oportunismo de una cohorte de políticos opositores y el lento aprendizaje de un gobierno que ha tardado más de lo aconsejable en desechar su diagnóstico sobre el Estado y el poder, la impertérrita sequedad del presidente del Senado, Camilo Escalona, ha emergido como un oasis en medio del desierto.

¿Qué extraño fenómeno ha logrado que la misma actitud que lo convirtió en la suma de todos los miedos para una porción importante del establishment político y económico lo erija ahora como el ícono del estadista perdido? Porque aunque el enamoramiento para con la segunda autoridad del país es de reciente data, los juicios y sobre todo las actitudes que hoy se le veneran son idénticos a los que en el pasado le condenaban.

En otras palabras, son los “chupasangres” de ayer los que más celebran el portazo que el senador les dio a los “fumadores de opio” de hoy. Porque la sutileza verbal le viene de pequeño, es decir, no es Escalona el que ha cambiado sino la dirección de las balas que dispara. Escalona siempre ha visto en el desorden la principal amenaza; nunca ha sido muy dado al lujo y siempre ha desconfiado de las figuras con avidez para perseguir los flashes… Visto así, habría que decir que Escalona siempre ha sido un estadista.

Aun así, hay algo en el proceder del senador que requiere de una mayor sintonía fina. Escalona parece haber empalmado bien con el vacío de figuras sacrificiales en la escena política de hoy, pero en su escala pareciera no tener más que blancos o negros. En su particular visión de la política están los responsables (aquellos que hacen lo que tienen que hacer y pagan los costos) y los que no lo son (que ya que son más dados al estímulo inmediato, no merecen sentarse a la mesa). Comparte en ello la doctrina de George W. Bush de “están con nosotros o en contra nuestra”.

En suma, Escalona comprende bien la necesidad de una figura de contención en el actual estado de las cosas, pero se pasa dos o tres pueblos a la hora de poner pierna fuerte en la marca. Y aunque actúe con la mayor convicción, lo cierto es que no se puede conducir por mucho rato una micro a punta de insultos a los pasajeros, los transeúntes y los semáforos sin que el espectáculo  termine transformándose en un infierno. Algo de eso hay en la dispersión de votos socialistas en la reciente votación por la reforma tributaria.

La política no solo se trata de la búsqueda del bien superior sino también de la identificación del mal menor, y aunque Escalona tiene todo para convertirse en factótum, aún no calibra bien el personaje que requerirá desplegar si aspira a ocupar el lugar que en la transición jugaron Enrique Correa, Edgardo Boeninger, Gutenberg Martínez y compañía. Porque aunque hoy la historia lo ubique en la mejor posición para conducir políticamente el país, si continúa con su pulsión de patear todas las mesas, no le quedará ni dónde ni con quién conversar.